viernes, 30 de diciembre de 2016

La filosofía ha muerto

La filosofía ha muerto porque ha dejado de tener sentido en un mundo sin sentido. Sólo en un mundo bizarro, Trump puede llegar a ser presidente de EEUU.

La condición de posibilidad de la filosofía es que lo real sea racional, en un mundo de caricaturas pierde sentido.

Heidegger habló de dos modalidades de la existencia: la auténtica y la inauténtica donde vive la mayoría de las personas la mayoría del tiempo. A la existencia auténtica se llegaría a través de la angustia, sentimiento que emerge ante la posibilidad de dejar de ser. Esas situaciones que llevan a experimentar el agobio por la falta de sentido conduciría a la existencia auténtica, al menos imaginariamente. En estos estados es cuando se puede acudir a la psicoterapia, a la religión, o a cualquier secta o movimiento que otorgue sentido a la vida, pero por sobre todo importancia a uno mismo.

Vivimos en un mundo de caricaturas. Para vivir en un mundo así se debe ser una caricatura, en esto consiste la existencia inauténtica, en tomar por importante cosas que no lo son, en vivir en piloto automático. Heidegger anunció este estado de cosas, pero no pudo sustraerse del mismo cayendo en el nazismo.

En esencia hoy una persona es sólo un perfil gastado de facebook, tal vez por este motivo para ingresar a los EEUU se exigirá revelar los usuarios de las redes sociales. En un mundo de caricaturas, en un mundo bizarro, el rey caricatura debe gobernar, así payasos como Trump, Chávez, Maduro, etc., alcanzan el poder por ser los reyes caricatura un sus respectivos mundos. Es como si la gente votara al más ridículo para denunciar lo ridículo del mundo. En esencia un populista es quien acentúa lo ridículo escenificando el sinsentido de las cosas. ¿Cómo? Transgrediendo las costumbres que se respetan por tradición, mostrando cómo la transgresión por sí misma no genera castigo, sino que por el contrario hasta puede aplaudirse. Un candidato serio pretende destacar la importancia de su función, un populista se ríe de la gente mostrando que nada es sagrado. La realidad pasa a ser el relato construido a imagen y semejanza del que lo crea y de lo que la gente quiere oír. La verdad deja de tener importancia en un mundo de caricaturas y sin sentido. De esta manera se desarma a quien quiere armarse con la verdad, al mostrar que ésta no importa, da lo mismo una cosa u otra, da lo mismo el relato ficcional que el relato verídico, los tontos no pueden distinguirlo, pero lo peor es que ni les interesa.

Caricaturas consumistas, drogadictos del aquí y el ahora que pretenden anular su conciencia de sí mismos para tolerar el sinsentido de sus vidas son el caldo de cultivo de estos líderes bizarros. En un mundo así la filosofía no tiene sentido, no se necesita más filosofía que la de Tolkien para adornar una existencia anodina.

La verdad a nadie le interesa, sólo quieren pasar el rato entreteniéndose con lo que se tenga a mano.

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